Hierve el chocolate en una olla para dos y en la casa arde la madrugada. Me sostengo el corazón en la mano para que no brinque y gima como marrano en su corral y al tacto pesa demasiado. Entonces me encimo la ropa y afuera busco el frío que me dé templanza y no hay más plazas donde pasear que aquellas con hedor a orines de perro y borracho. Ni hombres qué amar salvo aquellos sin esperanzas y con el corazón roído como cielo atravesado por un presagio. No hay sino minutos lentos cayendo como suero. Segundo a segundo. Nuestro cuerpo ayer vibrante, hoy un mismo naufragio de coral. De mis manos nacen lagartos y racimos de incontenible desgracia brotan de nuestra oscura tarde. Dorados frutos de tan perfecta ira. He aquí las tiernas amarguras de la desesperanza. Feroces hienas pasean por tu espalda como testimonio de las caricias lentas de un mejor hubiera. Debimos saber que esto no son matemáticas y que dos mitades no forman un entero antes de partir (nos).
No pares, ¡sigue leyendo!
Aire
Es sólo aire. Nada más que aire. Tú me dices que puede ser por pena, por ansia o por deseo. Que se gime…
En lo hondo
Ahí los veía venir, ahí venían todos, todos esos recuerdos que se encontraban su escondrijo entre las manadas de tonterías del diario. Y…
El fluir de siempre
Su fluir era lentísimo, tan despacio, tan a punto de morir. Comía poco y fumaba mucho. Su alma era una de esas almas…




