Hierve el chocolate en una olla para dos y en la casa arde la madrugada. Me sostengo el corazón en la mano para que no brinque y gima como marrano en su corral y al tacto pesa demasiado. Entonces me encimo la ropa y afuera busco el frío que me dé templanza y no hay más plazas donde pasear que aquellas con hedor a orines de perro y borracho. Ni hombres qué amar salvo aquellos sin esperanzas y con el corazón roído como cielo atravesado por un presagio. No hay sino minutos lentos cayendo como suero. Segundo a segundo. Nuestro cuerpo ayer vibrante, hoy un mismo naufragio de coral. De mis manos nacen lagartos y racimos de incontenible desgracia brotan de nuestra oscura tarde. Dorados frutos de tan perfecta ira. He aquí las tiernas amarguras de la desesperanza. Feroces hienas pasean por tu espalda como testimonio de las caricias lentas de un mejor hubiera. Debimos saber que esto no son matemáticas y que dos mitades no forman un entero antes de partir (nos).
No pares, ¡sigue leyendo!
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