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Tres cuartos

Justo a la mitad le corto un trozo, me gusta ver cómo se le escurre el jugo, ese líquido rojo que se vierte sobre el plato de madera. Y paso a una orilla para empezar a cortar un pedazo a la vez, cada uno llegará a su tiempo a mi boca. Junto tengo una copa de vino, como siempre; ahí hay más rojo, más cuerpo, más sabor y fuerza. El primer trozo es el mejor: suave, caliente, jugoso. Antes de morderlo lo aprieto con la lengua contra el paladar. Lo exprimo y bebo. Casi se deshace entre mis cachetes. Ese ligero sabor a sangre de la carne me llena. Paladeo, juego, saboreo, tiento. Mi lengua es feliz. Los dientes hacen lo suyo y despedazan, tienen una sabiduría natural para empezar a mascar. Las mordidas son suaves, precisas y preparan esa dulce presa para ser tragada. Repetir estos pasos una y otra vez hasta vaciar el plato es reproducir una técnica de hermosas pinceladas sobre un lienzo; esa magia que logra el pintor al interactuar con los colores sobre la tela y crear algo inigualable. Respiro hondo y todo el aire es carne, los pulmones de tan llenos hacen que suelte una exhalación fuerte y profunda. Casi bufo. El vino viene a la garganta a sellar el sabor de la carne. Sigo llevando cada parte, cada pequeño y delicioso trozo hacia a mí, hacia adentro. Y en cada uno se da una química perfecta, anhelada, viva. Se da esa coincidencia maravillosa entre ritmo, languidez y voluntad, me reafirmo a cada bocado. Todo mi ser se vierte en mi boca y como.

 

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Ruth Brenes
Escritora. Mar de nervios en esta carne contrahecha. Sentir, sentir, sentir. Y de ahí pensar. Y así decir. Y en todo eso vivir. Vivo colgada de la parte baja de la J en la palabra ojalá.
Escritor/Ilustrador. Diseñador gráfico alma vendida, hedonista de bolsillo vacío, activista de la pereza y los vicios solitarios, nacido en tierra de nadie Santiago de Cali, prosperó en la vida alegre y fue criado en modo experimental, casi como un hámster de ritmos tropicales, con la ternura y los dientes necesarios para dar un par de puñaladas de cariño y el justo pelito afelpado de la embriaguez. Cree que el juicio es una trampa, la cerveza es una dicha y el humor confunde al tiempo; cree que el dinero es para los amigos, los genitales para el viento tibio y un vaso de licor con hielos para mantener el equilibrio en cualquier ocasión que valga la pena. Dibuja desde siempre, con disciplina de borracho -tinta y mugre- y nunca termina nada, no sabe de finales ni de principios ni de la ciencia exacta del éxito. Pero sabe caminar por ahí, encontrando compinches que han iluminado las vueltas de su vida, y le escuchan sus teorías de viejo impertinente, iconoclasta y prostático, a cambio del poco tiempo que nos queda. Amén.

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