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Yo me pregunto ¿por qué me pasa?

Echo de menos tus saltos y ladridos
y casi por nada hoy vengo a afligirme.
Veo que pasas la vida mordiendo,
mirándome como un ser igual que otro.
Dormitas conmigo en las madrugadas
y cuando me despierto, eres el primero
a quien veo, antes que a mi madre o
a mi padre.

Tú mi hermoso Otis no sabes nada de la vida,
no sabes por qué los hombres se afligen
al mirar a lo lejos el rojo del ocaso, o los ojos
de algunas mujeres, o el vidrio rayado del parabrisas.

Besas a todos como un borracho,
me acompañas al mercado y comemos
a turnos los panes hechos a horno de leña.
Eres virgen e inmaculado mi querido Otis,
cómo quisiera poder decir de mi lo mismo,
así podría tomarle de la mano y escribirle
con el corazón escupiendo a borbotones
y tener la seguridad que no terminaremos
en la tierra, penetrándonos, dándonos
y sabiendo por un momento que somos
inmortales.

Pronto vendrán mis amigos extraños,
ella se ha perfumado y puesto el mejor vestido,
Apresúrate Otis, ya están en la puerta,
ládrales como si vinieran a robarme el alma.

Me enseñaron a escribir y a contar desde los tres años con ayuda de naipes, corcholatas de colores y revistas de ciencia.

Mi televisión (de esas grandotas de madera ) no se veía, así que tenía que imaginarme lo que sucedía adentro, ¡oh imaginación!

La poesía es como un sol, adentro, único y salvado: respirar de sus manos amigas, como de pájaros azules que se vuelan por el cráneo, pisar el pasto seco y el aroma acuarela de los mercados, decir con sus jaulas las negras olas desnudas que me toman por el brazo; el sol ondula por encima, como un pálido disco blanco enjuagado. Cuando no trabajo en mi laboratorio me gusta salir a caminar mucho y visitar el océano, ¡ah! y los efectos psicodélicos de las guitarras jaguar.

Me gustan las puertas viejas y vencidas, los paseos sin sentido y el viento en la cara cuando voy en moto. No me gusta cortarme el cabello.

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