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Alondra

Recuerda bien, hija, le dijo un día su madre, los hijos tienen alas. Desde entonces supo que los hijos, hembras o machos, son pájaros. Son hijos pájaro.

Al terminar sus tareas del día iba a esperar el atardecer al campo. Se acostaba boca arriba, viendo las nubes y sentía el viento despeinarla. Ese era su momento feliz: despeinarse de viento.

Esa tarde estuvo ayudando en la cocina, rebanando papas, moviéndole a las ollas y probando con cuchara de madera lo que su madre y su abuela cocinaban. Al salir corriendo, llevaba ya las mejillas rojas por el calor de la estufa.

Llegó a la cita con su felicidad, como siempre, y el viento estaba muy inquieto. No sabía si estaba enojado o si traía una espina clavada en una pata y por eso soplaba así. Era un viento más fuerte que el de otros días y había espantado a las nubes. Las hojas de los árboles andaban dando vueltas y hasta la tierra se amontonaba en el aire tratando de escapar.

Ese viento no la despeinaba, sólo la aventaba. Pero ella se recostó como cada tarde, sobre el pasto a esperar la calma. Cerró los ojos y sonrió mientras el viento seguía enloqueciendo. En cada soplido, el viento la movía sobre el suelo, como si quisiera arrastrarla y alejarla de ahí. Resoplaba tanto que hasta las raíces de los árboles trataban de enterrarse más para no ser arrancados.

Probablemente era una muela mala lo que tenía tan molesto al viento, pero estaba segura de que pronto pasaría. Así que seguiría recostada resistiendo que el viento la aventara. La calma llegaría, siempre llega y ella quería su felicidad: ser despeinada.

El viento gritaba y se desesperaba. En uno de sus gritos arrojó una semilla diminuta que cayó sobre ella. A ese grito le siguió un silencio absoluto. Ella seguía boca arriba dejándose despeinar, deteniendo con el ombligo a la semilla.

Escritora. Mar de nervios en esta carne contrahecha. Sentir, sentir, sentir. Y de ahí pensar. Y así decir. Y en todo eso vivir. Vivo colgada de la parte baja de la J en la palabra ojalá.

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