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El prisionero

Siempre recordaba la cicatriz del cuello. La sentía palpitar y le dolía cada vez que se asomaba por un espejo o pensaba en todo lo que había sufrido en el pasado. Estaba encerrado, no podía escapar y experimentar todos los dolores del mundo. Su piel era fina y delicada, susceptible a las heridas, el sol lastimaba sus ojos frágiles. ¿En qué se había convertido?

Lo peor de todo era su carcelero, estaba ahí las veinticuatro horas constatando su presencia. Le gritaba y lo obligaba a hacer cosas, aunque sólo fuera por medio de insistir:  muévete hacia allá, trae esto, toma el otro. A veces lograba rebelarse y hacer que el carcelero se asustara con sus gritos o que cayera o que se desmayara durante horas, pero eso no hacía que pudiera escapar. Se veía ante el espejo y ahí, en el cuello, seguía la cicatriz que hizo cuando entró a esa cárcel.

Texto de Jorge Chípuli

Ilustración de Ajo Kano

Primero fue El texto
Tema: Cicatriz

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Profecía
Se nos va perdiendo el amor
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