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La caída de un veinte

Para los demás su obra era perfecta, pero él sabía que eso no era posible.

In ilo tempore, todo era origen y fin: ahí pues la perfección.

Y mientras pensaba y pensaba, por un instante se sintió acogido por una certeza: en efecto, Dios había muerto; pero no por olvido, sino porque se había suicidado. 

Si mi obra fuera perfecta la habría firmado con mi propia sangre, pero sigo aquí, aquí que recién descubro que no soy Dios; que no estoy muerto.

Escritora. «Larga y ardua es la enseñanza por medio de la teoría, corta y eficaz por medio del ejemplo.» –Anónimo

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No pares, ¡sigue leyendo!

La pared sigue en pie

Ciudad

Me quité la camisa más temprano hoy. Sólo quería llegar a casa y empezar a descansar del maldito día, de sus estúpidas horas…

Sorpresa

Sorpresa

La primera vez que vi la sala de mi casa cubierta de tortugas de plástico y pistolas de agua sentí un asombro inexplicable:…

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