Skip to content

Me acabo de chingar mi último cerillo (o de por qué debí comprar un encendedor)

Prendí un cigarro afuera de esa fiesta que, de no ser por tu presencia, hubiese estado muy jodida.

—–

Fueron más de dos horas mirándote adentro, mientras bailabas y besabas a alguien que te veía más el culo que los ojos.

Logré hacerme tan pequeño como para entrar y ahogarme en el vaso rojo. Pero ahí seguías, bailando al alcance de mis ojos hundidos en ron barato.

—–

Ya era de madrugada.

Pisé el filtro contra la banqueta, y sentí tu voz golpear mi piel.

Oye… ¿tienes luz que me prestes?

Cerré los ojos y antes de contestar pensé: eres un pendejo.

 

Escritor. Hombre bueno, de mal genio. Escribo, leo, vendo, imagino y fumo cosas.

Anterior
Siguiente

No pares, ¡sigue leyendo!

La abducción

Ciudad

Los primeros testigos aseguraban haber mirado una luz que resplandecía tanto, que prácticamente hacía imposible ver algo más que la misma luz; en…

Volver arriba