Poco a poco, con el amanecer, la luz se cuela por la persiana revelando la habitación en penumbras. Lentamente se desliza mostrando la sábana en el suelo, la ropa deshecha y distendida; sube con pereza iluminando una cama y un pie de nácar, una pierna femenina y larga como un año de mala suerte y, a eso de las diez, unas nalgas tranquilas sembradas de diminuto trigo, de ese que sólo se ve a contraluz. A las once es evidente la ambigua posición de la mujer y su espalda brilla a rayas de persiana dejando ver un pelo revuelto que arde deliciosamente en olas congeladas. Pero es sólo hasta las doce del medio día, antes de que la habitación retorne a la oscuridad, cuando se adivina la sangre seca ya en la almohada y los ojazos del felino hambriento que no sabe a qué horas sería prudente empezar a cenar.
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