No logro entenderte. Fue hace un par de ocasos cuando salí a caminar y, al momento de querer compartir mis ideas con alguien, mi garganta se irritó y no pude hablar. Sin saber si era el clima o mi poca precaución para cuidarme del sol, regresé a casa en silencio.
Acomodé mi cama y me propuse leer ese libro que me esperaba, pero otra vez llamaste mi atención. Mi cabeza giró, no paraba, apenas me puse en pie sentí que a mi alrededor todo vibraba, estaba sumergida en un vértigo emocional. Y mientras tanto yo seguía sin encontrar explicación.
Decidí recostarme, cerrar los ojos y soñar. Poco a poco me dejé vencer, el calor me recorrió desde la punta de los pies. Luego de horas delirantes entendí lo que pasaba. Tú, mi cuerpo, querías expresar tu descontento: dejarte en el olvido. Me pedías un momento para hablar y, por fin, buscar nuestra armonía.