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Od(i)a al pájaro

Es la mañana, la puerta abierta, el viaje; los juegos infinitos, las alturas imposibles. Mis trenzas se activan con sus alas para largarnos lejos de las piedras, de los filos, de los hilos a punto de romperse, de la sombra, del ruido en el armario.

No lo alcanza el animal de la sospecha, la espina no lo aguija, mi peso no lo aplasta. No lo hieren mi sangre ni los clavos, ni los huecos, ni la sed, ni los fríos, ni las balas. No lo desmembra el sueño herido ni el temblor de mi mano o el miedo, o el mundo, o la distancia, o el tiempo, o el miedo, o el día o la duda o el miedo o el paroxismo.

Me aleja de mis demonios.

Me mata de hambre.

 

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En una vida anterior fui encargada de un videoclub en Ciudad Juárez, actriz de teatro: bolero, ángel, diabla, preciosa ridícula, cantante, abogada, mujer fatal, vividora, loca, desahuciada, princesa, bruja, rata bailarina, niña, niño, tortuga, anciana…; modelo, ayudante de un mago y faquir, vendedora de amuletos cósmicos en ferias del pueblo, vendedora de tiempos compartidos, asistente de un psiquiatra bebedor, mesera con escote amplio, telefonista de call-center, paseadora de perros, guionista, correctora de estilo, redactora publicitaria y estratega de contenidos web. Ahora vivo reencarnada en mí.
Ilustradora. Vendedora de sueños, trompetista en el circo de la mariposa, a veces maga. También pinta y hace flan.
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