Abuelito, para cuando escuches esto yo ya estaré bien muerta. Seguro te estarás preguntando por qué tengo esta voz de pito. Soy yo, Xime, aunque me escuches así, sólo que aspiré un poquito de helio para que mi voz no sonara tan grave. Han pasado ya cuatro años desde que mi abuelita murió. Yo sólo quería que disfrutara de un buen vaso de leche fresca. No he podido dejar de pensar en la tristeza que debe embargarla estando allá tan solita. Cuida mucho a Jack,; no se te olvide darle de comer. Nos vemos, abuelito, me voy a alcanzarla. Sólo una última cosita: haz que me entierren como si me hubieran envuelto para regalo, tal como hicieron con ella. No me metan ustedes en un ataúd. «Dios ya me regaló la vida, Xime linda. Ahora a mí me toca regalarle mi muerte».
No pares, ¡sigue leyendo!
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