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Tratando de imitar el blanco

Sonámbulo me levanté del suelo como si fuera una orden. De manera casi robótica abrí los ojos y sentí de golpe una ráfaga de aire lleno de invierno que raspó mis mejillas como si fuera una lija metálica.

El vaho que salía de mi boca comprobaba que seguía aún con vida, que todavía podía respirar en medio de esa espesa luz lechosa de la madrugada.

Enseguida, un temblor invadió mi cuerpo. Quise caminar entre la niebla y lograr mirar más allá de mis pies pero era imposible, apenas si podía arrastrarme en la nieve como un camaleón, inadvertido, tratando de imitar el blanco.

Fui hundiéndome cada vez más en esa masa helada. En algún momento sentí llegar al centro del tiempo, pude ver el horizonte como si fuera una hoja virgen donde faltaba escribir mi nombre.

Y mientras volvía a cerrar los ojos pude sentir dos manos delgadas cubriendo mi rostro, con una sábana.

 

Lleguemos a un acuerdo, tú me lees, yo te escribo.

«Había noches en que todo el mundo estaba como esperando algo y yo me sentía como un nómada fracasado, de esos que van a todas partes sin llegar a ningún lado.»

Escribo «adios» sin acento para que no suene a despedida.

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