Entonces y si es el bueno —asegura María—, sucede: no hay ruido ni gente ni coches ni aviones ni nada. Sólo existen tus labios y los de él —afirma mientras sus ojos se pierden en el ventilador metálico de una turbina.
Entonces y si es el bueno —asegura María—, sucede: no hay ruido ni gente ni coches ni aviones ni nada. Sólo existen tus labios y los de él —afirma mientras sus ojos se pierden en el ventilador metálico de una turbina.